Tierra Agrietada

Enfrentarse a lo propio

Después de tanto desagrado me sacudió, en un acto casi obligado me sostuvo, abrió mis ojos con la templanza de su voz,  regresé a lo vivido y apreté la tierra. 

Estando dentro, Mandela parecía  ser invivible, el olor a mierda del monte de enfrente era nada en comparación   a la  capa espesa que el basurero municipal sofocaba a toda hora, las torres de alta tensión postradas como gigantes que intimidan la existencia  con su traquear, las tuberías madres de gas natural incrustadas  como venas latentes que alteraban el latir nuestro, la inmensidad de la noche  caía con la  oscurana convirtiéndose en cómplice de relatos muertos, ya en la mañana la ausencia de agua parecía reafirmar que esa tierra podría ser peor que la que habíamos dejado.

Esa hedentina la olvidaba regresando a mi pueblo por minutos, la mierda de vaca me envolvía, me llevaba a recorrerlo cruzando los alambres, en ese momento no existían ni torres, ni tubos, tiraba pata placenteramente como loco  sobre tierra agrietada, con montes verdes que le peleaban al basurero con su olor, me embelesaba  detallando como se emplazaban las casitas en cualquier punto de ese basto terreno.

Esa tierra de desechos y peligros nos categorizó, levantando los muros en aquellos que desde afuera nos veían relegados, como un riesgo o sujetos a lo que nos tocaba vivir. Esa fue la tierra que nos recibió.

Abandonar lo que pareció ser propio

Cuantas razones tuvimos desde distintos lugares, desprendernos de lo que por mucho tiempo vivimos, de las cosas que nos hicieron apegar a ellos, nos ataba la vida misma;  convertirnos en errantes, insistentemente lo recordaba, hay que ir por lo propio, lo inarrebatable, entre risas lo repetía como previendo lo que se venía.

Desprenderse del arrastrar de los pies levantando polvo para quedar mojosos, de los coquitos de almendras partidos debajo del mismo palo y puestos en el plato de peltre, de las madrugadas  donde corríamos para coger las maracuyá que caían  por la noche, del olor a lluvia sobre cascajos, de esa tienda lejos que vendía los bolones rojos, de esos  patios gigantes, de los mesones llenos de gente, de los animales que habían vivido casi toda nuestra historia, de esa casona de barro inmensa llena de nosotros, llena de visitas, llena de chócoros por todos lados, siempre llena.

Recuerdo claramente el camión de la mudanza, sin espacio para contemplar el nuevo paradero, con la incertidumbre mucho mayor que la ya vivida y con tantos interrogantes que no permitían comprender la necesidad de dejarlo todo. Con el dolor en la garganta de tanto aguantar el llanto perdí de vista las casas, perdí de vista mi pueblo.






Abordar lo que no era propio

En ese trayecto la mente no descansó, ella pensaba que sus palabras consolaban la ausencia de lo dejado, se deambuló por buen tiempo hasta llegar a la  tierra negra que nos recibió, fue cuestión de asociarla con el pasado para sentirnos cómodos por instantes.

Esa tierra negra nos elevó, llena del monte, con fogones de palo  en  el suelo, con  velas o mechones por la noche, con gritos de mujeres de  galillos finos y potentes llamando a sus hijos, con vacas que cruzaban por el lote, por todos lados.

El arrastrar de  palos  de un lugar a otro se convirtió en algo común, las cuatro varas en cada punta del lote daban vía libre para levantar la casa, las carpas grandes dejaban de ser bultos de carbón  para convertirse en paredes  con  hoyitos  hechos  para hacer  la vigilia de estar atentos a las máquinas que tiraban todo al suelo y sin reparo, no se hicieron esperar.

Algunos con miradas de estatuas veían caer todo, inmóviles por la impotencia que deja la injusticia, otros entre palos, gases y cárcel sofocaban la batalla  en reclamo de una tierra con o sin dueño que ya era nuestra.  Aún recuerdo la mañana en que no regresaron.







Tomarse lo ganado como propio

Las ganas fueron más grandes que las magullas, su presencia consoladora alentaba la necesidad de justificar tanto sacrificio,  ya no representaba estar levantando sobre la incertidumbre.

Los lotes pegaron y las trochas aparecieron como culebrillas despejadas de tanto pasar las carretas que llevaban los materiales para las casas,  al principio esperábamos que pasara para comprar  de cuanto parapeto; las varas para ser utilizadas como horcones, las carpas y las estibas como paredes, el zinc y los plásticos como techos, cables y tantas cosas más que nunca sobraron, todo ya usado y esfumándose   en un parpadear, dando inicio a las caminatas interminables en busca de más materiales, cada quien atesorándolo y a la vez intercambiando y compartiendo con el de al lado.

Lo que para muchos era un cambuche para nosotros  era nuestra casa, lejos de ser  vivienda pero al fin nuestra casa, el único espacio propio tomado a la fuerza, robado o reclamado. Lo endeble nos cubrió en todas sus aristas por mucho tiempo.















Sentirse incomodo en lo propio

Los meses dejaron sentir lo que nunca habíamos sentido, el desagrado invadía nuestras ganas de continuar en ella. Su cantaleta se tornó cansona y desesperante.

Resultó incomodo estar bajo zinc,  rodeado de madera y parapetos, el día se colaba por el techo y por las paredes, el fogaje se empeñaba en desterrarnos, la noche entraba por arriba con cada chorro de luz que nos distraía cual lucecitas de escenarios que podíamos atrapar con las manos; con los días, los chorros nos atormentaban  mojaban todo, aquello que la filtración del piso no lograba mojar, las poncheras hacían de las gotas una sinfonía para no amargar la noche, aun así, detesté el rocío que dejaba escapar el pote que me acompañaba en la cama; de vez en cuando salía una gota más que manifestaba mi desprecio hacia la lluvia, por la misma impotencia de no poder tapar el hueco que amenazaba con multiplicarse.

Esa lluvia causante del mierdero que sentía cuando me tocaba caminar unos quince minutos chapaleando barro, buscando el camino y subiendo loma para llegar al turno de los buses que llevaban al colegio, llegando a este con pies de elefante repletos de barro; era un mierdero cuando tocaba  jarrear el agua en carretilla o peor en hombro cuando el barro la atollaba, detesté tanto eso porque soy de poca fuerza;  las calles y las casas en verano se tornaban grises de tanto polvorín.

Detestar parte de la vida no estuvo contemplado y que el olor a tierra mojada doliera, menos, el barro y el fogaje nos obligaron a cuestionar la necesidad de estar pasando trabajo.

Temer a lo propio

La tierra se tornaba cada vez más negra, el aliento se entrecortaba con facilidad, los susurros aparecían en medio de la penumbra, la incertidumbre en las calles se mantuvo notoria mientras ella intenta no dejar ver su desespero; todos lo contemplamos. 

Las rendijas  nos arrebataron la intimidad, se podía ver de adentro hacia afuera y de afuera hacia adentro, el cuarto de la vecina se sentía en la sala de nuestra casa tan solo con escuchar  su voz; lo endeble nos cubrió bajo la primicia de estar protegiéndonos y nuevamente las rendijas nos robó, esta vez  la tranquilidad, los dos clavos de la puerta como cerradura respondían a la fragilidad de las paredes que podían caer tan solo con recostarse.

Los sonidos parecían amplificarse cada noche en un desvelo que nos hicieron agotar, el estrupicio numerosas veces nos hizo arrodillar para mirar por debajo de la puerta lo que sucedía en la calle o arrastrarnos como iguanas hacia el baño para evitar una bala, aplanarse en el colchón buscando mimetización del volumen, tesos,  con poca respiración y con los ojos tan pelados que se resecaban por angustia.

Después de noches a ciegas, llenas de imploración y disparos, aparecían los muertos tirados en los caños y terrazas, las listas negras nos atemorizaron bajo la excusa de limpiar el barrio de la impureza que contamina la sociedad; esa fragilidad costó muchas noches de desvelo y alimentaba las ganas de dejar todo tirado. Con pesadez en los ojos no le encontramos sentido a haber llegado a un infierno que podía ser peor.


Mamarse de lo propio

La pelotera al tomar las tierras fue nada en comparación a todo lo que el territorio sofocaba, los días se acortaban y las noches eran  a oscuras y de puertas cerradas; su sangre hirvió hasta el punto de arrastrarnos a todos. 

La oscurana permaneció por más de noventa días, el silencio era roto por el calor sofocante y el latir de las venas alteradas por los nervios y los mosquitos; las llantas prendidas cubrían las calles junto a la gritería que retumbaba en la protesta que nadie de afuera veía ni escuchaba.

Con el desespero encima, la oscuridad asfixiante, la presión de las paredes, la represión de los que podían salir y en la angustiante agonía que depara la incertidumbre nos tomamos la avenida que atraviesa la ciudad, nos tomamos la mañana con la rabia que remueve de cuanta mierda por dentro, palo en mano, piedra en puño y galillo en alto, fuimos reventando cuanto encontrábamos en el camino, con la ceguera que la ira del olvido produce, con la violencia que implora piedad, con el alivio de descargar la impotencia de sentirse aislados y siendo conscientes de la categoría de seres en la que nos estaban encasillando nos mamamos hasta el punto de violentar el reclamo; al día siguiente hubo luz.

Conectarse con lo propio

Enfrentarse al desarraigo no estaba contemplado,  no bajamos la mirada, nos aferramos a los palos, removiendo cuanta fibra se atravesaba, su tacto nos dirigió.

Cada mañana nos tomaba arrodillados, las piedras de las patas de los palos parecían continentes que se conectaban por colores, un ritual entre hojas y piedras le daban a esa terrazona el misticismo que atrapaba al que caminaba frente a ella; la casa mutaba entre paredes, de ventanales simulados que desde la fachada permitían ver las tablas de la sala cual mondrianes de tonos azules y blancos acompañados de fotos familiares y en el centro la foto sepia de mi madre.

Curamos las rendijas manteniendo una que daba hacia la calle, las carpas arropaban nuestro cielo apagando los chorros del techo apolillado, los niveles del piso subieron cuanto pudieron distanciándonos   de la frialdad de lo resumido, aparecieron los toldos ambientando el escenario de los cuartos, cada tanto se le hacía algo a la casa.

Aun en medio de los días mudos y las noches que apagaban sus luces sirviendo a la muerte, rodeados del olor a miseria que deja el desaliento y  presionados por los de afuera, nos mantuvimos firmes reconociendo que la dignidad debíamos levantarla y sostenerla a pulso, entonces comenzamos por la casa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



Fotografías Cortesía de Mauricio Sánchez / Corporación Colombia Nueva - Proyecto Reconstrucción de la Memoria Histórica de la comunidad de Nelson Mandela.